El transhumanismo ya está aquí: qué es y cómo cambiará a la humanidad

¿Puede el ser humano cambiarse a sí mismo hasta el punto de convertirse en otra cosa? Algo… ¿mejor? ¿Trascender? Esta pregunta es tan antigua como el sueño de la inmortalidad y supone la base del movimiento filosófico y tecnológico que conocemos como transhumanismo.

Antiguamente un campo más del futurismo y por lo general abordado desde la ciencia ficción, el transhumanismo es, sin embargo, una realidad palpable. Y podría cambiar el futuro de nuestra especie de formas impredecibles.

¿Qué es el transhumanismo?

Descrito de forma relativamente formal, el transhumanismo es un movimiento intelectual que promueve la mejora del ser humano para superar sus actuales barreras físicas y cognitivas. Es importante hacer énfasis que esta corriente no tiene interés en la reparación sino en la mejora de las cualidades humanas. Así, sustituir un miembro amputado por una prótesis no es una decisión transhumanista, pero si ese brazo confiere a su portador una fuerza sobrehumana, la cosa es muy distinta.

El origen del transhumanismo como término no está del todo claro, pero la búsqueda de la inmortalidad, descrita desde tiempos inmemoriales, es una de sus metas y por tanto sitúa su pensamiento en la más remota antigüedad. El término fue popularizado en el siglo XX por el biólogo y eugenista Julian Huxley, y posteriormente expandido por el influyente futurista FM-2030 (nacido Fereidoun M. Esfandiary), que exploró en sus disertaciones nuevos conceptos de humanidad.

Las formas en las que un ser humano es susceptible de mejora son innumerables, y lo mismo sucede con los ámbitos cubiertos por el transhumanismo. La cibernética es de obvio interés para sus defensores, que ven en ella la posibilidad de crear miembros más fuertes, ágiles o resistentes, pero también se buscan metas similares a través de la modificación biológica (mediante trasplantes, implantes o edición genética) e incluso fármacos como los potenciadores cognitivos o nootrópicos.

Con todo, la modificación del ser humano como ente individual y anclado en un momento concreto del tiempo queda por debajo de las ambiciones de gran parte del movimiento transhumanista, que busca mejorar la especie. La modificación genética y el uso de cualquier tipo de rasgo beneficioso potencialmente heredable a nuestros descendientes permitirá afianzar unas mejoras que consideran claves para la supervivencia de la humanidad, puesto que permitiría crear seres más resistentes a la contaminación, con un menor consumo de alimentos o incluso mejor adaptados a viajes espaciales de larga duración como los que podrían conducirnos a las estrellas.

El transhumanismo como realidad palpable

Durante largas décadas el transhumanismo veía la mejora del ser humano como una meta casi al alcance de los dedos, pero esto ha cambiado en los últimos años, primero de forma tímida y en el último lustro con auténtica decisión. Kevin Warwick, conocido por sus experimentos cibernéticos, fue uno de sus pioneros al incorporar en 2002 una matriz de electrodos en su brazo izquierdo para conectarlo a Internet. Poco después el artista Neil Harbisson se hizo famoso al implantarse una antena con una serie de sensores y un generador de vibraciones auditivas que le permiten escuchar colores más allá de la visión humana como los espectros ultravioleta e infrarrojo.

Desde entonces las cosas han avanzado rápidamente. En tiempos de pandemia, la compañía sueca DSruptive Subdermals ha lanzado un chip NFC que se implanta bajo la piel del usuario para validar el pasaporte COVID sin necesidad de enseñar el teléfono ni la cartilla de vacunación, y a comienzos de 2022 se abrió una ventana al uso de implantes biológicos de alto rendimiento con el primer trasplante de corazón a un ser humano procedente de un cerdo modificado genéticamente.

El campo de los xenotrasplantes es por ahora estrictamente terapéutico y muy experimental, pero hace que algunos transhumanistas piensen ya en ojos e incluso sistemas endocrinos mejorados a través de órganos animales o injertos de células cultivadas en laboratorio.

Mientras esta tecnología se perfecciona, otras como la conexión neuronal hombre-máquina sigue su desarrollo. Neuralink, capitaneada por Elon Musk, busca crear una interfaz neuronal que permita que una persona sin manos pueda teclear en un teléfono móvil más deprisa que otra con pulgares, pero también ganar nuevos sentidos. Así, sería posible ampliar nuestros cuerpos con sensores de visión mejorada, extremidades artificiales adicionales u órganos de capacidades inéditas comunicados directamente con nuestro sistema nervioso.

Hacia otro tipo de singularidad

Así como los expertos en inteligencia artificial (IA) tienen acaloradas discusiones sobre la singularidad, el momento en el que este avance dará alcance a la mente humana y en teoría la hará obsoleta, los transhumanistas ven un futuro en el que el homo sapiens se convierta en homo sapiens +. ¿Qué sucederá en ese momento? Como movimiento, el transhumanismo es positivista y utópico, buscando el progreso de la humanidad para hacernos trascender, pero es inevitable que no todo el mundo podrá o estará listo para dar ese salto.

Está más que claro que la clase de mejoras que predica esta filosofía solo estará disponible para una élite acaudalada y bien conectada. Gracias a ello, las clases privilegiadas gozarán de una mayor superioridad física y cognitiva, incrementando las desigualdades con el resto de la población. Si además estos cambios son hereditarios, podría dar lugar a un sistema de castas absolutamente distópico.

No debería escapar a nadie el hecho de que algunos de los primeros transhumanistas fueran, de hecho, eugenistas. Huxley, por ejemplo, creía que el concepto de raza era muy difuso, pero consideraba del máximo interés la creación de un nuevo ser humano creado a partir de los fenotipos más beneficiosos de cada subespecie. Y por supuesto, si existe un ser humano ‘mejor’, es porque hay otro que podemos juzgar como ‘peor’. Un dilema que también persigue al transhumanismo.

Por sus implicaciones morales, el transhumanismo puede poner patas arriba nuestro sistema de valores. Es por ello que algunas religiones como la Iglesia católica ya han movido ficha, y en 2002 el Vaticano decretó que cambiar la identidad genética del hombre como persona mediante la creación de un infrahumano es algo radicalmente inmoral. También lo creen así algunos filósofos, que consideran que el transhumanismo disloca al ser humano de la sociedad al sublimar su individualismo, llegando a argumentar que podría acabar con nuestra identidad como tal.

Estos y otros asuntos ligados al transhumanismo, como la gestación extrauterina a través de vientres artificiales o la transferencia de recuerdos de un cuerpo a otro, serán sin duda objeto de numerosas y complejas polémicas conforme avance la ciencia. Conversaciones complejas para las que nadie está preparado, pero que antes o después deberemos tener. Y tal vez no como individuos o ciudadanos, sino como especie.

 

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