Así han transformado las telecos nuestras vidas

Las «telecos» han cambiado nuestras vidas de forma individual y también al conjunto de la sociedad. Hace unas décadas, nos sentíamos increíblemente afortunados por poder hablar con nuestros conocidos en una línea móvil. Apenas unos años después, ya nos habíamos habituado y, ahora, lo damos por sentado. La sociedad cambia según adoptamos la tecnología, a veces, sin control ninguno.

El 0G existió, y cambió las guerras

La tecnología inalámbrica no nació con la tecnología comercial, que vendría muchas décadas después. El 0G o ‘generación cero’ fue una tecnología dominada por los radio «teléfonos móviles» derivados del combate bélico. La capacidad de comunicación entre pelotones, o con el mando, cambió por completo las reglas de la guerra. Y luego alteró todo lo demás.

Hacia 1960, ya era relativamente frecuente ver radioteléfonos móviles en algunas cabinas de camión, al menos en países entonces avanzados. Estos dispositivos precelulares (celular viene de «celda», que es como se divide el territorio mediante antenas) ayudaron a desplegar los sistemas de envío postal, facilitaron el día a día de la policía y lograron conectar muchos municipios con el mundo.

Telefonía 1G, cuando las telecomunicaciones eran analógicas

Hubo un momento en que los circuitos de telefonía móvil funcionaban mediante señales analógicas en lugar de digitales. En cualquier caso, en aquel momento, los años 80 en España, prácticamente nadie disponía de terminales capaces de captar la señal. Los mapas de radio eran eriales, con tan solo varios puntos donde se captaba señal de forma nítida.

Aun así, esta primera generación móvil logró que muchos negocios despegaran como jamás se había visto. Con la tecnología celular se empezaron a desplegar estaciones base de telefonía móvil que daban cobertura a pueblos cada vez más pequeños. Las centrales de telefonía (CT) fueron las primeras que dieron servicio móvil con sus torres. El mundo aceleró, la tecnología también.

2G, la llegada de la digitalización

El 2G hizo algo que entonces parecía mágico: con un mejor aprovechamiento del espectro radioeléctrico (gracias a técnicas como la multiplexación de señal), se hizo posible efectuar más llamadas por kilómetro cuadrado. Subió la calidad, el ruido bajó y la telefonía logró un despliegue comercial que sacudió no solo el tejido laboral, sino también las relaciones.

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Las empresas redujeron de forma notable sus costes gracias a la comunicación instantánea. El móvil se hizo tan barato que se empezó a regalar a los adolescentes. Los que en 1995 tenían edad para manejar un terminal se convirtieron en la primera generación conectada. Sus amigos estaban a «un toque» o, si se disponía de saldo, a un SMS.

Por aquella época se hicieron relativamente frecuentes las protestas contra la telefonía digital, a pesar de ser completamente inocua. Nacían los negacionistas, aunque no se les hizo mucho caso hasta que la fibra óptica les permitió agruparse. Por fortuna, sacamos aspectos positivos.

Con el 2G, una parte importantísima de la población accedía a un universo social hasta entonces inalcanzable. Muchos movimientos sociales ganaron impulso gracias al roaming entre empresas de telefonía. Era posible viajar a otros países y recibir llamadas. También dejar a las personas en espera e incluso bloquear números, lo que servía a la gente para blindarse de los comerciales.

2.5G, generación de telecomunicaciones olvidada pero imprescindible

Duró poco porque fue una vuelta de tuerca del 2G, pero el 2.5G permitió, entre otros, los juegos móviles, el acceso al correo electrónico o las videoconferencias. La primera empresa en dirigir esta tecnología al mundo laboral alcanzó una cuota de mercado antes imposible y, a su vez, explotó con un nivel de innovación y velocidad nunca vista.

Los negocios ganaron tanto en flexibilidad que incluso, pasado el tiempo, es imposible dar una cifra ajustada de los millones de millones de dólares (no es una errata, entre 2000 y 2005 el PIB mundial pasó de 32 millones de millones de dólares a más de 45). El 2.5G fue, sin duda, un despegue para los negocios.

La era de los datos llegó gracias al 3G

Casi en paralelo al 2.5G y solapándose con el 2G, el 3G mejoró de forma notable la transferencia de datos a bajo coste. Se dice que democratizó el uso de los datos. Si hasta entonces el móvil se usaba para hablar o enviar emails (esto último en negocios), ahora llegaba el smartphone, un ordenador multipropósito de bolsillo tan barato que todo el mundo podía adquirir uno.

Ocurrió entonces algo que nadie supo predecir: nació el mercado de las apps móviles. Como los móviles se habían convertido en procesadores de propósito general, podían correr programas sobre ellos. Estos miniprogramas, o apps, cambiaron el paradigma de acceso a internet y la comunicación humana.

Para empezar, fueron el caldo de cultivo de las redes sociales móviles, cuyo modelo de negocio basado en datos y publicidad se ha cuestionado por poner en jaque incluso valores democráticos. No, no todo iba a ser bueno. Aunque sin duda las aplicaciones han cambiado la forma en la que trabajamos y nos relacionamos.

Los chats asincrónicos (diferidos en el tiempo) han sustituido muchas llamadas, y el tiempo ganado por falta de interrupciones lo hemos derrochado haciendo scroll en las redes sociales. El móvil se ha convertido en la herramienta multiusos.

4G, llega la hiperconectividad

Con el 4G aumenta mucho la velocidad, disminuye la latencia, mejora la calidad y aparecen nuevos servicios, la mayoría para empresas. Pero, a nivel social, el impacto ha sido enorme. Para empezar, posibilita las videollamadas de alta calidad por la calle, y eso implica que es posible cubrir una noticia con un teléfono móvil de alta calidad. Ahora todo se sabe.

Y, como todo se sabe, todo se opina en tiempo real. La cuarta generación de telecomunicaciones es quizá la que más impacto político tiene, tanto por las brechas causadas por la polarización y las cámaras de eco, como por la facilidad de crear un movimiento político que trasladar a un gran número de personas en poco tiempo. Y también por la vigilancia masiva y por defecto.

Esto trae consigo numerosos retos de cohesión social, pero también milagros como un uso intensivo de la capacidad incorporada del conocimiento de millones de personas. Ha hecho posible que la gente participe en el desarrollo mundial con nuevas herramientas.

Lo que ya trae el 5G

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Además de velocidad y latencia, el 5G es un facilitador de tecnologías que han estado esperando su momento para emerger. Entre las más destacadas, podemos mencionar la conducción autónoma, que promete revolucionar toda la sociedad. Lejos de ser «un coche que va solo», el coche autónomo es un vehículo que abre la puerta a la movilidad de colectivos hasta ahora ignorados por la movilidad privada: personas mayores, niños, personas con discapacidad o sin carné.

Sin salir de la movilidad, también facilitará una mayor amortización del coste ambiental de fabricar el vehículo, porque será usado durante más horas al día como ya ocurre con el carsharing. Junto a esto, el 5G llenará (aún más) nuestra casa de dispositivos, permitiendo conectar todos los electrodomésticos a una red inteligente que tome decisiones por nosotros.

De cara al usuario, las mejoras en usabilidad se han multiplicado exponencialmente. La imagen de arriba pertenece a Legion Phone Duel, la nueva generación de smartphones Lenovo orientadas al mundo gamer. Gracias al 5G, es posible usarlos como consola portátil de latencia casi nula.

¿Y qué pasa con el 6G?

Como facilitador de tecnología, el 6G ayudará a gestionar de un modo mucho más eficiente la tecnología actual. También a bajar su precio y hacerla más accesible. Esto incluye wearables de salud más allá de la pulsera de actividad. Ya hay varias marcas de camisetas conectadas 5G y se espera que sean una realidad comercial en pocos años, quizá cuando el 6G admita conexiones viables entre tejidos inteligentes y telefonía.

Junto a esto, la sexta generación de telefonía móvil conllevará la hipersensorización del espacio público, lo que a su vez generará una reducción de la contaminación urbana y de los crímenes, pero también un mejor aprovechamiento del espacio público. Como ocurrió con generaciones previas, algunos ya temen su uso (sin motivo), pero todos nos acostumbraremos a sus novedades a los pocos años de que estén disponibles.

Imágenes | ROBIN WORRALL, Alexander Andrews

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