¿Puede la geoingeniería salvarnos del planeta Tierra… y de nosotros mismos?

Los desafíos del antropoceno siguen acumulándose como cartas en un castillo de naipes, y es solo cuestión de tiempo que en un momento dado la estructura se derrumbe de forma desordenada y con efectos imprevistos. ¿Estamos listos para afrontar la pérdida de memoria de los océanos, por ejemplo? ¿Qué sucederá si las temperaturas suben 5 ºC de forma constante y los embalses dejan de ser sostenibles? Nadie parece tener una respuesta clara sobre cómo afrontar esta situación, principalmente porque las acciones necesarias para frenar el cambio climático requieren la rápida destrucción de economías enteras y un súbito empobrecimiento, pero el futurismo más práctico nos ofrece una posible solución para salvar al planeta: la geoingeniería.

Índice

Qué es la geoingeniería

La geoingeniería, también conocida como ingeniería climática, se puede definir como la intervención a gran escala en el sistema climático de la Tierra. En lugar de tratar de paliar los efectos de unas temperaturas en ascenso con el uso de más aires acondicionados o un mayor número de zonas verdes, este conjunto de técnicas busca alterar los propios mecanismos que conducen al calentamiento global valiéndose para ello de enormes obras y acciones capaces de cambiar las propiedades de la atmósfera y los océanos.

Organizaciones como la NASA llevan tiempo investigando la geoingeniería como un posible recurso para controlar las temperaturas, pero la extensión de dichas intervenciones y la posibilidad de enfrentarnos a efectos secundarios inesperados e inmanejables hacen que por ahora sea un campo más teórico que experimental. De hecho, todavía no se ha llevado a cabo ningún proyecto, dejándola por ahora en el terreno de la ciencia ficción, formando parte del argumento de novelas, series y películas.

Qué utilidades tiene la geoingeniería

El propósito fundamental de la geoingeniería es reducir o anular el incremento de las temperaturas como consecuencia de la emisión de gases de efecto invernadero, aunque su potencial es mucho más amplio. De hecho, gracias a ella podríamos ser capaces también de gestionar el clima de forma casi mecánica, favoreciendo o reduciendo la formación de tormentas. Algunas ideas incluso consideran la manipulación de las capas de la Tierra, pudiendo afectar a los fenómenos tectónicos para generar erupciones volcánicas controladas capaces de afectar a la atmósfera.

Así las cosas, la geoingeniería no solo serviría para salvar al ecosistema y la humanidad del cambio climático, sino que podría redundar en cosechas más productivas, el enriquecimiento de los océanos e incluso cierto control o mitigación de catástrofes naturales ajenas a la atmósfera.

Algunos proyectos e ideas de la geoingeniería

La geoingeniería comenzó a despegar como una idea con posibles aplicaciones prácticas allá por los años 80. Desde entonces se han formulado numerosos planteamientos, algunos realmente delirantes, sin que ninguna de ellos se haya plasmado. Conozcamos algunas de estas propuestas:

Endurecimiento del hielo ártico

Los casquetes polares se deshielan a gran velocidad, vertiendo millones de litros de agua dulce a los océanos. Una opción para reducir este fenómeno sería endurecerlos. El agua salada se funde mucho más lentamente que la dulce y actúa como aislante, por lo que se ha propuesto pulverizar agua marina sobre el hielo existente para formar masas mucho más resistentes.

Fertilizar las aguas con hierro

No somos conscientes de ello, pero los océanos son enormes plantas de captura de dióxido de carbono (CO2). Las microscópicas algas de su superficie lo consumen igual que nuestros bosques, por lo que se podría enriquecer el agua con hierro para favorecer su desarrollo, aumentando el número de vida vegetal y con ello la capacidad de los mares para absorber este gas.

Blanquear la superficie de los océanos

Gran parte de la radiación solar es reflejada por los brillantes océanos, que cubren más de la mitad de la superficie del planeta. ¿Y si pudiéramos hacerlos aún más reflectantes? Una idea de los años 90 proponía blanquear su superficie mediante tintes no tóxicos, espumas o incluso partículas reflectantes, logrando que los rayos del Sol reboten hacia la atmósfera.

Globos y satélites reflectantes

La propuesta anterior sería radical, al afectar a las costas e intereses de numerosos países. Como alternativa, también se ha propuesto hacer que los cielos sean reflectantes, enviando millones de globos metálicos para que reflejen los rayos del Sol antes incluso de llegar a la Tierra. Yendo un paso más allá, también se podrían construir grandes espejos en el espacio utilizando satélites de enormes dimensiones.

Inyección estratosférica de aerosoles

Posiblemente una de las ideas más conocidas. Usando aviones cisterna especiales, millones y millones de toneladas de productos químicos especiales (comúnmente, sulfuros) serían esparcidos en la estratosfera para hacerle reflectante a los rayos del Sol, de forma análoga a una erupción volcánica, y bajar así las temperaturas. La cara B de esta idea es que, según una investigación de Nature, se dañarían los cultivos.

Volcanes creados por el hombre

Creación de volcanes, otra idea de la geoingeniería

Y puestos a replicar los efectos de un volcán para protegerlos de las altas temperaturas… ¿por qué no crearlos nosotros mismos? Usando explosivos en puntos de alta presión seríamos capaces de crear erupciones artificiales que emitirían cantidades extraordinarias de partículas que, a su vez, actuarían como freno a la radiación solar.

Riesgos de la geoingeniería

La geoingeniería tiene ante sí riesgos y obstáculos enormes. Siendo proyectos de alcance global, no todos los países van a estar de acuerdo con cambios que puedan afectar a sus costas o atmósfera, pero además, los efectos secundarios de estas intervenciones podrían ser catastróficos e irreparables. Mucho más que el propio cambio climático. Es por ello que por ahora nadie ha planteado seriamente acometer este tipo de obras.

Por ejemplo, el endurecimiento del hielo ártico podría afectar a la vida animal existente, y tampoco está claro qué sucedería con las corrientes oceánicas. La fertilización con hierro podría ser calamitosa al estimular la reproducción de algas potencialmente nocivas y requerir además su mantenimiento constante; de lo contrario, el CO2 fijado volvería a la atmósfera de golpe, con efectos espantosos.

El blanqueamiento de los océanos y los globos reflectantes, asimismo, sería enormemente contaminante y podría alterar la vida animal, mientras que la inyección de aerosoles tiene el peligro de alterar las corrientes de la estratosfera, con efectos imprevisibles. Finalmente, crear nuestros propios volcanes no parece algo demasiado difícil, pero otra cosa es determinar la potencia de las erupciones y por cuánto tiempo van a permanecer activas.

Cabe señalar que, además, existe el riesgo de que la geoingeniería sea utilizada por empresas altamente contaminantes como un parche mientras siguen emitiendo gases de efecto invernadero hasta que llegue un momento en que ni siquiera los remedios humanos sean suficientes. Y entonces ya no habrá vuelta atrás. De hecho, muchas de estas ideas fueron planteadas en los años 90 por la petrolera Exxon.

Cómo lo trata la ciencia ficción

La geoingeniería ha encontrado en la ciencia ficción un fértil terreno en el que volcar sus ideas, a diferencia de en el mundo real. Algunas obras tratan sus implicaciones, positivas y negativas, como las novelas y la serie de televisión The Expanse. Su argumento es que la Tierra, bajo una autoridad mundial, logra detener el cambio climático mediante prodigiosos avances científicos. Como resultado, el planeta sobrevive, pero con un elevado coste: ciudades costeras amuralladas para protegerse de las aguas, océanos muertos y pérdida de biodiversidad, unido a una población empobrecida ante la falta de oportunidades, que sobrevive emigrando a otros planetas o con un salario básico universal que solo asegura su miseria.

Otra serie de gran éxito que trata el asunto de la geoingeniería es la trilogía Marte de Kim Stanley Robinson. En este caso no es la Tierra el objeto de las acciones de modificación del clima, sino el planeta rojo, objeto de un programa de ‘terraformación’ para hacerlo habitable por el hombre. Para ello, los científicos se valen de microorganismos, algas e intercambiadores de calor en forma de molinos, así como de espejos orbitales para calentar la superficie. Una serie que merece ser descubierta, en caso de que aún no la conozcas.

Por su parte, Veil, de Eliot Peper, nos baja de nuevo a nuestro planeta. El argumento de esta novela nos acerca a un futuro cercano en el que una ola de calor mata a 20 millones de personas; un suceso que es descubierto por el protagonista como un efecto ¿secundario? de un plan secreto para controlar el clima.

No podíamos cerrar este apartado de geoingeniería en la ciencia ficción sin mencionar a la que posiblemente es la oveja negra de la familia: Los Inmortales II: El Desafío. Demonizada por la crítica y criminalizada por el público, la secuela nos lleva a un 2024 distópico en el que Connor MacLeod ha envejecido hasta asomarse a sus últimos días. La Tierra del futuro es muy diferente a las de los años 80, y una empresa omnipresente y todopoderosa, The Shield Corporation, ha sumido al mundo en las tinieblas como única forma de protegerlo de la radiación solar… De paso, extorsiona a gobiernos de todo el mundo y oculta que, en realidad, la capa de ozono ya se ha reparado y sus servicios no son necesarios. Un desastre de largometraje que, sin embargo, se presta bien para una tarde de palomitas.

 

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