La tecnología podría ser la gran igualadora de las diferentes culturas

La tecnología es aquello a lo que tiende el ser humano. Un punto de convergencia que se presenta como igualadora de culturas, con foco en lo laboral. Quizá por eso la tecnología se ha demostrado como un elemento que permite alcanzar la diversidad y la inclusión en un mundo en el que estas faltan.

Un claro ejemplo de convergencia es la aplicación sanitaria. Hubo un momento histórico en el que la ‘medicina occidental’, con los miasmas a la cabeza, estuvo separada de la ‘medicina oriental’, con todo tipo de recetas homeopáticas. La convergencia tecnológica nos ha dado la ‘medicina’ basada en la evidencia.

Según el estudio ‘Diversidad e inclusión en el entorno de trabajo global’, de Lenovo, el acceso a la tecnología también es un factor clave a la hora de fomentar factores como la diversidad empresarial y la inclusión social. Antes de explicar estos factores hay que analizar ciertas diferencias culturales.

¿Por qué hay países ricos y países pobres?

La desigualdad económica entre personas o países es uno de los temas más polémicos que existen. Más aún si atendemos a los motivos por los que unos países son ricos y otros son pobres. ¿Han hecho algo para ser pobres? ¿Han hecho algo para ser ricos?

Lo cierto es que hay países que no pasaron por ciertas dificultades clave, otros que fueron expoliados, algunos que tuvieron la mala fortuna de no estar en el lugar correcto, otros cuyos dirigentes carecían de las competencias básicas. En otras palabras, es muy difícil generalizar sobre por qué un país es rico y otro pobre.

Dicho esto, sí hay un factor clave e indistinguible presente en todos aquellos países que logran un desarrollo positivo en cualquier momento de su historia: la inversión en tecnología aplicada. Ocurrió en  la primera Revolución Industrial en Inglaterra, ocurrió en EEUU durante el XIX, le ha ocurrido a Singapur tras independizarse de Malasia y le está pasando a China con su ‘milagro’ económico.

¿Puede la tecnología cerrar brechas entre países, y en los países?

Quienes invierten en tecnología, despegan, aquellos que no, esperan. Es lo que le ocurrió a Rusia tras el colapso de la URSS, a los países del África como Níger o República Centroafricana, o a la propia China a mediados del siglo XX, cuando una política aislacionista que les alejó de nuevas ideas y poco industrializada les arrastró a una hambruna que duró tres años.

Históricamente se han visto dos tipos de civilizaciones (simplificando mucho, claro): aquellas que tienen en cuenta y potencian el desarrollo tecnológico, y a las que les suele ir bien varias generaciones después, y aquellas que no lo hacen, que tienen un destino diferente. Se quedan estancadas. Aquellas culturas que denigran el conocimiento tienden a quedar relegadas y desaparecer.

Como ya demostraron países como Japón o Corea del Sur, que tras la Segunda Guerra Mundial vivían de la agricultura, un avance constante en dirección a la tecnología puede hacer que el país alcance a los que van a la cabeza en muy pocas décadas. E incluso superar a los países líderes, marcando un nuevo techo en el top mundial de desarrollo, como han hecho varias veces Japón o Alemania.

Aprender sobre tecnología, un peaje necesario

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Según una reciente publicación de McKinsey, más de 70 millones de trabajadores americanos tienen diploma escolar pero no bachillerato. Esto les impide acceder al 89% de los nuevos empleos con altas expectativas salariales, con frecuencia relacionados con la tecnología. La carencia de formación se convierte en una barrera difícilmente superable.

Esta forma de abordar el problema de la desigualdad entre ciudadanos, ciudades o países es particularmente interesante porque, por un lado, pone de manifiesto que algunas regiones del mundo supieron invertir en tecnología (o cayeron con acierto sobre ella), lo que les dio una ventaja solo igualable si se aplicaban métodos similares.

Cuando se dice que la tecnología podría ser la gran igualadora de las diferentes culturas se está hablando sobre el peaje en educación tecnológica que hay que ‘pagar’ para acceder al club de países, ciudades, barrios o familias con más posibilidades de futuro. No es tanto que la tecnología, per se, faciliten la integración social (algo que sí ocurre en algunas tecnologías) sino que si una persona busca integrarse deberá usar tecnología.

Y es un cambio de paradigma muy importante que explica cómo hay países que no logran alcanzar a otros e incluso por qué hay grupos de la sociedad que no consiguen acceder al nivel medio de riqueza. Pensemos, por ejemplo, en cómo las mujeres siguen sin ganar lo mismo que los varones, y la relación de ambos grupos con la tecnología aplicada y las disciplinas STEM.

Tecnología: acelerador, barrera y factor para la igualdad

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Así, la misma tecnología se convierte en un acelerador de riqueza, en una barrera para los que no logran acceder a ella y en la forma de igualar las tornas cuando esto sí es posible. Y, por suerte para la mitad menos rica del planeta, cada vez es más viable acceder a la tecnología con un número mínimo de recursos.

Actualmente basta un dispositivo móvil y una conexión a internet para formarse en inteligencia artificial, la habilidad más demandada del mercado laboral, y poder trabajar con ella desde cualquier región del planeta. Sin embargo, romper esta barrera no es fácil, ya que existen todo tipo de condicionantes culturales que pueden frenar, detener o descartar por completo este acceso a la tecnología.

Según el estudio ‘Diversidad e inclusión en el entorno de trabajo global’, de Lenovo, “muchos de los encuestados señalaron su preocupación por la posibilidad de que la tecnología, incluida la inteligencia artificial, silencie o excluya a las personas históricamente marginadas o insuficientemente representadas”, y es que la tecnología también puede ser una barrera.

Sí, gracias a la formación mínima en competencias tecnológicas en la infancia es posible que durante la vida adulta los equipos de trabajo sean increíblemente diversos y ricos, con trabajadores de varios géneros, diferentes culturas y distintas regiones del mundo. Algo que, por cierto, aporta beneficios tangibles.

Sin embargo, el acceso a dicha formación no es tan sencillo y requiere de una serie de factores imprescindibles que no siempre están al alcance de muchos colectivos o países. Bien por falta de recursos, por barreras culturales o por falta de interés o desconocimiento, el acceso a la tecnología no siempre está disponible. Y este es el primer paso para limar diferencias culturales.

 

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Imágenes | Stephen Philpott, Aleks Marinkovic, NASA

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