¿En qué punto estamos en la búsqueda de la inmortalidad?

Gerontólogos como Aubrey de Gray, científicos como David Sinclair o emprendedores como Bill Maris llevan años trabajando, estudiando e invirtiendo en la búsqueda de la inmortalidad. O, al menos, investigan cómo prolongar la vida humana tanto como sea posible. Los enfoques genetistas, tecnológicos y farmacológicos son numerosos, aunque todavía estamos lejos de una respuesta real.

El planteamiento tecnológico clásico es intentar replicar digitalmente el cerebro humano. 86 000 millones de neuronas y 100 billones de sinapsis. Un objetivo casi inalcanzable. De hecho, de momento solo se pudieron reproducir de esa manera las 302 neuronas del cerebro de un gusano. Sin embargo, si lo lográramos, podríamos ‘grabar’ nuestra materia gris en un servidor y ‘vivir’ para siempre en forma de avatar digital. Para los apasionados del metaverso, la perspectiva puede resultar intrigante. No obstante, la verdadera inmortalidad es otra cosa.

El objetivo más realista es lo que de Gray (el nombre más conocido entre los científicos antienvejecimiento) ha llamado la «velocidad de escape de la longevidad«. La idea es identificar remedios que nos permitan vivir, por ejemplo, unos diez años más. Y explotar así las innovaciones científicas que surgirían en ese periodo para ganar aún más tiempo. Una búsqueda continua de la inmortalidad que podría, en teoría, hacernos vivir mucho más allá del límite actual de unos 120 años. Además de derrotar la ley matemática según la cual, después de cumplir los 30, el riesgo de morir se duplica cada ocho años.

David Sinclair, director del laboratorio de genética de Harvard y autor de numerosos estudios sobre el tema publicados en Nature y Science, es más osado. En Popular Mechanics declaró que «podremos solucionar el envejecimiento» y que «no hay límite máximo para la duración de la vida humana».

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Investigaciones para la inmortalidad

En realidad, esto no significa que podremos disfrutar del elixir de la inmortalidad, sino que estamos avanzando (lentamente) en la comprensión de las causas del envejecimiento. Algún día, por tanto, tendremos la opción de descubrir cómo frenarlo o incluso vencerlo. Según Sinclair, la senectud es un problema de pérdida de información causado por la forma en que las células leen e implementan el ADN. Sus estudios se centran en el epigenoma, definido como «un intérprete flexible del ADN, capaz de activar y desactivar los genes en función de las condiciones ambientales”.

Sin embargo, con el tiempo, nuestro ADN sufre daños por los rayos ultravioleta y X, las hormonas del estrés y muchos otros factores. De alguna manera, explica Sinclair, el envejecimiento es como un CD que se llena de arañazos con el paso de los años. “El genoma es la música, el lector es el epigenoma y los arañazos son los que impiden que el lector lea la información como antes. Creo que el envejecimiento impide que las células lean los genes correctamente”, asegura el científico.

En pocas palabras, con el tiempo las células se vuelven menos eficaces en el desempeño de sus funciones. A pesar de que todas las instrucciones siguen ahí. Una prueba de ello, según el investigador, es el hecho de que transferir el ADN de un animal viejo a una nueva célula clonada produce un clon recién nacido, y no viejo. En consecuencia, es plausible que la estructura genética siga conteniendo todas las instrucciones correctas. En un estudio reciente publicado en Nature, Sinclair pudo restaurar las células de la visión del ojo de un viejo ratón a un estado epigenético más joven.

longevidad

Cuándo seremos inmortales

Es la pregunta del millón. Todavía estamos al principio del camino y, sobre todo, muchos científicos se muestran escépticos ante la idea de apostar por el epigenoma. Incluso Sinclair no recomienda el uso de terapias genéticas en la actualidad. En cambio, lo que ha promovido públicamente en repetidas ocasiones es su dieta personal. Basada en vitamina D, vitamina K, metformina (un medicamento contra la diabetes), extracto de uva resveratrol, entre otras cosas. Tampoco en este caso se libró de las críticas de sus colegas.

Y es que la metformina, en particular, es un fármaco que parece ralentizar el envejecimiento de los animales y reducir las enfermedades neurodegenerativas en los seres humanos. El problema es que no es fácil prescribir y estudiar sus efectos a largo plazo mediante investigaciones específicas. Y esto, principalmente, porque el envejecimiento no se considera una enfermedad, lo que limita la investigación médica en el sector. Otro escollo es que no existen pruebas fiables para determinar la edad celular de un cuerpo (diferente de los años de vida). Lo que hace que sea más difícil de entender si un tratamiento dado está funcionando.

En julio de 2018, la Organización Mundial de la Salud dio un paso en la dirección que podría llevarnos a considerar el envejecimiento como una enfermedad. Sin embargo, la inmortalidad no parece estar a nuestro alcance en el próximo futuro. De hecho, es incluso poco probable que algunos de nosotros podamos disfrutar de grandes avances en términos de longevidad. Y para ser honestos, tal vez eso sea lo mejor. Al menos nos salvaríamos de tener que lidiar con problemas relacionados inevitables tales como superpoblación, sostenibilidad, pobreza y quizás incluso aburrimiento.

 

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Imágenes |Matthew Bennett/Unsplash, Aron Visuals/Unsplash, Stan Tzanis/Unsplash

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